Eso era otra.
—Quiero hablar con Emily.
La profesora negó.
—No todavía.
Levanté la cabeza.
—Es mi hija.
—Lo sé.
—Necesito verla.
—Y ella necesita que usted llegue preparado.
—¿Preparado para qué?
La profesora me sostuvo la mirada.
—Para descubrir que quizá su hija le tenga miedo.
Aquello me atravesó.
—¿Miedo de mí?
—No lo sé.
—¿Por qué tendría miedo?
Ella guardó silencio.
—Profesora.
—Hay cosas que Emily ha dicho con los años.
—¿Qué cosas?
La mujer eligió cuidadosamente las palabras.
—Que su padre se enfadaba cuando gastaba dinero.
—Porque mi madre me decía que lo desperdiciaba.
—Lo sé.
—Yo nunca…
Me detuve.
Claro que sí.
La llamaba.
La regañaba.
Le decía que estaba decepcionado.
Una vez, mi madre dijo que Emily había usado trescientos dólares para comprar un videojuego.
Yo llamé furioso.
—¿Sabes cuánto tengo que trabajar para ganar ese dinero?
Emily había llorado.
—Papá, yo no…
—No quiero excusas.
Ahora recordaba perfectamente aquella conversación.
Ella había intentado hablar.
Yo no la dejé.
—Dios.
Me tapé la cara.
—Yo le creí a mi madre.
—La mayoría de las personas confiaría en su propia madre.
—Pero ella era una niña.
—Sí.
—Yo debía escucharla.
La profesora no respondió.
No necesitaba hacerlo.
—¿Qué más dijo Emily?
—Una vez comentó que su abuela le decía que usted estaba muy decepcionado de ella.
Me quedé helado.
—¿Qué?
—Otra vez dijo que usted no quería gastar más dinero porque ella era “una carga”.
Me puse de pie tan rápido que la silla cayó.
—Yo jamás dije eso.
—Señor Chen.
—Nunca.
—Le creo.
—¡Nunca!
La profesora se levantó.
—Lo sé.
Respiré con dificultad.
—¿Qué le ha dicho esa mujer a mi hija?
—No lo sé todo.
—Necesito saberlo.
—Entonces tendremos que hablar con Emily.
Miré hacia el dormitorio.
—Ahora.
—Primero cálmese.
—Estoy calmado.
—No lo está.
Tenía razón.
Mis manos temblaban.
Respiré.
Una vez.
Dos.
Tres.
—Está bien.
—Quiero estar presente.
—¿Por qué?
—Porque si la conversación se vuelve demasiado emocional, Emily puede cerrarse.
Asentí.
—Está bien.
Emily estaba estudiando cuando entramos.
Tenía un cuaderno abierto.
La profesora tocó suavemente la puerta.
—Emily.
Mi hija levantó la cabeza.
Me vio.
El lápiz cayó de su mano.
Su rostro perdió el color.
—Papá.
No corrió hacia mí.